"Todos hemos experimentado alguna vez un fastidio irracional por ciertas palabras. Las hay que por razones de educación, estrato o simple gusto nos parecen detestables. Ocurre también que tales palabras nos desdibujan a la persona que las usa; no tienen que ser groserías y, sin embargo, terminamos por sentir repulsión por quien las profiere. Semejante emotividad ante el lenguaje suele ser mayor entre conocedores: escritores, académicos, correctores de estilo y otros estudiosos no pueden reprimir su disgusto y el impulso a corregir frases, textos y personas manchadas con el error producto del descuido y la ignorancia. [...] En suma, cuando alguien estropea el lenguaje, hay gente que se irrita, que se mortifica mucho, demasiado [...]".
Jorge ARISTIZÁBAL GÁFARO